Discurso graduación 9a promoción ESCAC

El cine es una manifestación cultural cuyas reglas están tan marcadas como un garabato en la arena, a la orilla del mar; un garabato que es necesario renovar a cada nueva ola, a cada nueva tendencia, incluso a cada nueva película. El cine está definido por el hecho de que no es posible definirlo definitivamente. El cine no es, sino que va siendo esto o aquello. No es un punto, es un vector, es el proceso mediante el cual se hacen películas, lo demás es Historia.

            ¿Cómo puede entonces enseñarse el cine? ¿Qué puede aportar una escuela a esta disciplina? Si para los humanistas lo más importante fue devolver al hombre su posición central en el mundo, el cine hoy no puede sino tratar de redescubrir al hombre imaginario, devolverle su posición central en todos esos mundos que pueden ser creados a través del cine. La pedagogía, en lo que al cine se refiere, debe enseñar a profundizar primero en nosotros mismos, como origen de ese fantasma y reflejo, y segundo en la Historia del cine, como crónica de las etapas del hombre imaginario.

Esto implica, antes de a mirar, enseñar a escuchar. Enseñar a escuchar por dentro. Y para ello los docentes han de estar dispuestos a escuchar y apreciar lo que escuchan como un tesoro; cada pensamiento, una perla. Lo más importante es extraer del alumno el hombre imaginario que dentro lleva y, además, mostrarle todas las manifestaciones del imaginario que se han dado antes que él; mostrarle que no está solo. Todas las pautas, las reglas, tanto para cuestiones teóricas como prácticas y técnicas, son fruto de una reflexión que viene después, siempre después de que la imaginación esté preparada para reconocer su potencial.

A partir de ahí, una escuela ha de fomentar, nunca entorpecer, el surgimiento de ámbitos de reflexión hablada, escrita, filmada. Ámbitos en los que toda regla se ponga constantemente en cuestión, todo esté constantemente en movimiento, el cine esté vivo. Porque así es como crece artística y moralmente una escuela de cine, no con una sede más grande ni con un nombre más conocido ni con un nuevo galardón en otro festival.

Sin estos espacios de debate las reglas se convierten en dogmas y fórmulas. Y entonces se puede abusar peligrosamente de algunos conceptos, como el de calidad. Evaluar una película en términos de calidad es tan difícil como distinguir los sabores del agua. A menos que esté manchada, el agua, para un paladar no entrenado, siempre sabe a agua. Es por eso que el cine nada tiene que ver con el sentido común. El día en que el cine sea patrimonio del sentido común todos nosotros estamos perdidos. Hacer cine es cosa de pocos, y es nuestra responsabilidad estar preparados, las películas son nuestra responsabilidad. Cada deshonestidad, cada elección que no surja del pleno convencimiento individual, más allá de condicionantes externos, es una falta grave para con nuestra propia condición de ser. Somos los chamanes que han de invocar al hombre imaginario El alma del cine está en nuestras manos.

Éste es un arte que tiene algo de mágico, y exige un acto de fe. Querer hacer encajar el cine en un esquema meramente racional es como querer dibujar un mapa en la superficie del océano, quedará siempre fuera un elemento innombrable, y que, por serlo, tiene un nombre diferente en cada uno de nosotros. Un elemento que escapa a las ansias de control de los que todo lo saben y todo se permiten afirmar.

A los que todo lo saben acerca del cine y todo se permiten afirmar sólo cabe contestarles con nada. Pertenecemos a una generación que nada sabe y de todo se alimenta. No tenemos nada por lo que luchar, ni nada contra lo que luchar. Los grandes muros ya han sido derribados. Todo nos ha sido dado. Hemos sido bendecidos con la abundancia y esa nada, la nada, es lo único que podemos generar a cambio, de lo único que podemos hablar, lo único que conocemos. Esa nada ha de ser el objeto de nuestra reflexión, de nuestro cine. Un cine que no interesará a los que todo lo saben. En fin, ellos tienen ya el cine que quieren, sus películas ya están hechas…

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